Con la llegada de la
Dinastía Song (960–1279 d.C.) llegó también una revolución silenciosa. Los maestros Song abandonaron la torta prensada Tang y comenzaron a moler las hojas al vapor hasta convertirlas en un finísimo polvo verde: nació así la técnica que siglos después llamaríamos
matcha. Este polvo se batía vigorosamente con agua caliente usando un batidor de bambú - el precursor exacto del chasen japonés -hasta crear una espuma delicada y aterciopelada.
La corte Song llevó la cultura del té a extremos de refinamiento inconcebibles. El Emperador
Huizong - extraordinario artista y, desgraciadamente para sus súbditos, mediocre estadista - dedicó un tratado completo al arte de batir el té. En las ciudades proliferaron los cha guan o casas de té, los primeros «cafés» de la historia. Se organizaban incluso competiciones de té (dou cha), donde los participantes debían preparar la taza de espuma más blanca, densa y duradera.